Cada uno puede imaginar su propia infancia como un algo antes incontaminado; y lo puede hacer porque alguna certeza legítima lo sostiene. Así es, en efecto, cada uno de nosotros puede revivir la infancia como la figura de un lugar inmaculado al que la memoria regresa. El exceso de los textos de Liliana Celiz supone un desafío, nos comprometen a leer la infancia como un porvenir y no una forma de regreso, no como un bucle hacia atrás que perpetuamente cierra, sino como una intensificación de planos que jamás se intersectan.